agosto 25, 2019

Andar en desarraigo

Muchas cosas pasan bajo nuestras pisadas. Calles que no son amables al transeúnte. Vías que parecen acercarnos a los sueños aunque en realidad nos llevan es a la esperanza, esa distancia que ponemos para ser optimistas.

Caminar en otras veredas supone no hacer comparaciones. Cada ciudad tiene su ritmo y los viandantes solo hacemos física, simple movimiento rectilíneo uniforme, sencilla manera de pasar los días conjugando el verbo andar.

Los primeros meses cuando estamos fuera de nuestro país buscamos referencias, como quien necesita planos, brújulas y sextantes que le aseguren buenas travesías. Cuando sobrepasas el año y te habituas a la rutina, estás en modo automático, todo es como es, nada sorprende, no hay comparación posible. Ya has tenido de sobra suficientes elementos para saber lo que necesitas para vivir. ¿Es que acaso antes no lo sabías? ¡De sobra! Solo que ahora es diferente y, como decía Cantinflas, ahí está el detalle.

Se van amainando las comparaciones porque empiezas a disfrutar con gusto ese nuevo sabor, comienzas a sonreír como niña ante esa formación de nubes distinta, tan peculiar que pareciera que olvidaste estratos y cirros con olor a tamarindo.

Oh, Miami!

Caminas por calles hechas para adecuar los espacios pero no para invitar a paseantes. Vives por el auto, te trasladas en otra tracción que no es la de tu sangre fluyendo tras tus piernas curiosas de millas. Esas que siempre te llevaban a nuevas rutas en tu país pequeño... porque ahora lo llevas guardadito y todo resulta un poco disminuido.

Te acostumbras... Y te lo preguntan otros, tan extranjeros como tú, pero más olvidadizos de su terruño: "¿Ya te acostumbraste aquí?" en un sonsonete gracioso con risita a juego. Y tú respondes con una mueca que es un amago entre frustración y nostalgia, esa enfermedad inclasificable que sufren los que andan en desarraigo.



marzo 10, 2018

La mujer que celebro

Yo celebro a las mujeres que deciden no ser madres, que no creen en el matrimonio, que aman a otras mujeres, que se gozan su vida como quieren y con quien les dé la gana.

Celebro a las que luchan por sus sueños, sus carreras profesionales o sus vidas sentimentales.


Celebro a las que creen en sí mismas, a las que se derrotan por inseguras y, acto seguido, se levantan por corajudas.


Celebro a las madres solteras, las divorciadas, las que no creen en la iglesia católica, las que son apolíticas y las que militan en partidos de vaya usted a saber qué dirección ideológica persiguen.


Celebro a las mujeres que manejan armas en defensa propia y en defensa de otros; las que curan a enemigos y reportan desde campos minados; las que en silencio rompen muros y construyen ventanas.

Celebro a las madres abnegadas que deciden sortear sus frustraciones, a las madres que construyen los mejores hombres del futuro, a las madres que fortalecen a sus hijas desde el valor propio y el respeto al otro.

Eso sí, excluyo de mi celebración a las que sufren de misandria, las que se visten de víctimas sin serlo, las que se mantienen ignorantes y gozan de su brutalidad; las que dicen que necesitan un hombre que las represente, las que aceptan caminar tres pasos atrás del marido, las que usan la maternidad como una penalización para el hombre. Aunque incluso a todas estas les doy el beneficio de la duda y la oportunidad de construirse como mujeres, hurgando en su poder personal y en mayúsculas.

enero 29, 2018

Percibir desde la melancolía

Las impresiones son siempre distintas cuando se está en otro lugar, sobre todo cuando eres extranjero y vas a cualquier supermercado a hacer las compras semanales.

Hay una imprecisión en la manera como atendemos lo que percibimos con nuestros sentidos. Nada es lo que parece, pues todo está teñido de la nostalgia del otro espacio, ese lugar querido en nuestra memoria. Por ejemplo, todos los colores son distintos bajo la perspectiva emocional, desde el queso amarillo no era tan chillón como este hasta estos cielos no son tan azules como los de mi Caracas, y aquí hay que destacar la irrupción de los posesivos en el discurso de lo que se percibe, donde surgen decires como: este río no es tan magnífico como mi Caroní; este cerro no es comparable con mi Ávila.

Divergencias perceptivas en todo el espectro sensorial. Los sabores y los olores percibidos en el momento presente son contrarios a aquellos que las papilas recuerdan. Poco importa si los ajíes los compras a 98 centavos, lo importante es que no son tan sabrosos como los que conseguías en el mercado de Chacao. La crema que te hacía tu mamá cuando estabas con "el cuerpo malo" no te sale porque aquí no hay apio como allá. El cilantro no huele igual y los aguacates nunca serán tan ricos como los de Paria.

Disfrutar de la obviedad del supermercado repleto se olvida rápido. Al principio te sentías como campesino en ciudad, luego te daba remordimiento porque sabías que tus familiares no podían conseguir ni la décima parte de lo que ponías en tu carrito de compra. Hoy pasas entre anaqueles en modo automático escogiendo de acuerdo al precio, la calidad y tus marcas conocidas o del afecto.

Lo curioso es cuando de repente vas entre los vegetales y las frutas en una comparación bochornosa de las acelgas, los plátanos, los mangos de allá y salta esa vocecita chocante de doña que aprieta la piña en la base y mueve la cabeza negando... No vale, nada como las de Trujillo.

El aquí en contraposición al allá puede resultar muy molesto cuando se es un extranjero, así consigas todos los productos, así puedas atreverte a hacer bienmesabe o hasta disfrutar del plato navideño completo, la melancolía pega... y hasta puede alterar la sazón, al menos eso dice mi madre.

diciembre 22, 2017

A propósito del puerco navideño

Esa mujer entró a la tienda y a propósito de una pregunta casual me contó su vida. Su nombre no es necesario saberlo, su historia sí, porque es plural y contiene el dolor de millones de mujeres.

Ella nació en Honduras hace 41 años. La hija mayor de un matrimonio donde la madre era solo una sombra, su hermana menor, la consentida, y su padre, un sujeto mandón que hace años perdonó y dice recuerda con cariño todos los días. Cuando era niña ella pensaba que su padre la odiaba porque la maltrataba a diario. Mientras a su hermana todo se le consentía, a ella nada se le perdonaba.

Siendo la mayor su padre la hizo responsable desde pequeña de llevar adelante las más pesadas labores en su casa. Desde los siete años debía matar cerdos para la víspera de Navidad, incluso toda la Nochebuena. Dice que sus recuerdos infantiles son de golpes, chillidos y cuchillos filosos. Triste me dice que aprendió el oficio. Se hizo una matarife y aunque fue a la escuela y aprendió a leer y escribir, la educación no la salvó del infortunio de ser pobre y mujer. 

Le pregunto si le gusta leer, me dice que sí, pero que lo que más le gusta es escribir cartas, mandarlas y, sobre todo, recibir las respuestas.

A los 16 se fue de su casa obstinada de sentirse poco menos que un pocillo. Su padre siempre había querido tener un hijo, otro hombre que pudiera ayudarle, pero para su desgracia había nacido ella. El refugio fue la casa de la hermana de su mamá donde podía soñar aliviada con irse al norte a casa de sus primas.

Ella, como muchos en Centroamérica, soñaba con llegar a Estados Unidos para empezar una nueva vida. Sabía que como mujer el riesgo era enorme. Cuando hablaba de ese sueño con su mamá y sus tías todas le aconsejaban que primero debía acostarse con cualquier noviecito que se le presentara. Viajar al norte siendo virgen era pior... Una violación después que se ha tenido hombre es diferente, oye... Eso le decían las mujeres de su vida, eso oía de las mujeres de su pueblo. Esta mujer baja la mirada por un instante y me mira de nuevo. Sus ojos son negros y tristes.

Me cuenta que vivió en casa de su tía durante un mes y medio hasta que la solución del viaje hacia Estados Unidos salió de boca de su tío. Él se iba y la llevaría a ella, dijo que la iba a cuidar, ella dice que no podía sentirse más feliz, temerosa de la travesía, pero feliz porque se acercaba, por fin, a su sueño. Ese hombre, su tío, la violó al pasar la frontera. Le dijo que no llorara tanto que debía agradecerle el riesgo que él estaba tomando llevándola a ella. Le habló de "los coyotes" en México y su olfato para "las nuevas", él, como el lobo feroz, siempre mentía.

En Guatemala buscó ayuda de sus primas, estas la tuvieron solo por unas semanas y tuvo que irse, ellas ya tenían suficientes problemas. Le escribió una carta a su madre contándole lo sucedido. Su mamá nunca le respondió.

Me dice que llegó a México junto con este hombre, su tío, luego de tres horribles meses. Hace una pausa. Sigue. Dice que estaba desesperada... cometió un error y la tomaron presa. Estuvo un mes en una cárcel mexicana. 

La mujer suspira... Es como si estuviera, de alguna manera, aliviándose de la memoria, como si tras el suspiro los malos recuerdos se desvanecieran un poco. Le pregunto si está casada. Me dice que nunca se casó, nunca tuvo hijos. Supongo que eso del amor y el matrimonio son conceptos muy abstractos para quien ha tenido una vida de tristezas. 

Me dice que trabaja en una casa en Coral Gables, que la familia es muy buena y morirá trabajando allí porque no sabe hacer nada más. Toma un respiro y me dice -con convicción, mirándome fíjamente como si algo le hubiera resonado adentro- que una cosa que sabe muy bien es cuando una niña está en problemas... Hace una mueca, aprieta la boca y empuña su mano derecha.  La hija de una de mis primas en Guatemala la miré no más un ratito y supe que un hombre la había dañado. Me fui donde mi prima y le dije que el padrastro de la niña estaba haciéndole cosas a la niña. Mi prima me echó de su casa. No supe de ella más. Ah, pero luego me andaba buscando... Un tiempo después me llamó por el teléfono... Le dice: mijita es muy tarde, oye... 

La mujer me cuenta que ya en Estados Unidos decidió escribirle a su padre y contarle todo lo que le había pasado en el primer año fuera de la casa. Sus ojos brillan con el recuerdo. Dice que la respuesta de él la lleva en el corazón. Fue allí cuando le perdonó sus golpes, sus gritos, sus insultos, dice que en ocasiones va y la relee. Me dice que nunca se imaginó que su padre podía escribirle tan bonito... Dice que lo llama con frecuencia y hablan con mucho cariño.

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Suena el aviso de la puerta que llegó otro cliente. La mujer me sonríe. Allí con los dientes pequeños y amarillos le veo otra cara. Le devuelvo la sonrisa, le estiro la mano y siento su mano áspera. Nos despedimos sin palabras. Me queda una sensación de desamparo: historias de mujeres que sufren solo por serlo.

Esa mujer entró en la tienda a pagar su teléfono, y yo solo le pregunté animada: ¿Ya tiene listo el puerco para Navidad?

noviembre 14, 2017

Caminar en Miami

Caminar, eso es lo que más se extraña cuando se llega a Miami. A menos de que vivas en el Downtown y trabajes allí mismo, eso rico que significa desplazarse bajo el sol y andar, mirar vitrinas, parar en un café, disfrutar de un banco de plaza para luego continuar la marcha es poco probable.

Vengas de Caracas, Medellín, Lima, Buenos Aires, Santiago o Madrid, caminar en Miami no es posible, no como solías hacerlo en tu ciudad natal, no con ese savoir faire de las ciudades hechas para ser caminadas.

En Miami las vías están hechas para el tránsito automotor, las aceras limpísimas para que las recorran eventuales transeúntes y el viento la mayoría de las veces. Sales a caminar solo si trabajas en una oficina y necesitas almorzar o ir por un café de Starbucks. El resto es tu vehículo que te lleva a un sitio donde caminas en círculos (mall), o te dirige  a un espacio donde te ejercitas (gimnasio), te lleva a cenar en un shopping mall o a veces a un día de playa.

Los que con nostalgia recordamos las diligencias varias (banco, supermercado, librería) que podíamos hacer solo en modo simple tracción sangre es frustrante tener que depender -de manera obligatoria- de un automóvil para realizar cualquier asunto pendiente.

Habrá alguno que diga que es una exageración, que Biscayne Boulevard es una belleza, que la Ocean Drive es una maravilla, que la Flagler se puede recorrer entera, sí pero allí salen las comparaciones y sabemos que son una impertinencia... Mientras tanto, mejor camino entera la playa en Miami Beach.

noviembre 09, 2017

A partir de la lengua

La vida la defines por los sonidos de tu lengua.

Te reúnes en casa de venezolanos. Hablas con venezolanos. Surge tu venezolanidad algún domingo en una parrilla con amigos, una noche comiendo cachapas en un food truck, y de seguro, aparecerá en la mesa navideña que planificas para este año.

Te pasas el día escuchando a los cubanos: su hablar con son, sus voces altisonantes, el carácter abierto a las impertinencias y a comentarios subidos de tono. Entiendes eso que llaman "la cubanía y el cubaneo", y marcas la diferencia: "los cubanos son..., pero nosotros en cambio, somos..." Diferencias, de eso se trata este asunto de lengua común e idiosincrasia caribe.

Los sonidos en esta ciudad cosmopolita todavía no sabes distinguirlos... Los nica de los ticos, los salvadoreños de los guatemaltecos, los hondureños de los panameños. De los colombianos puedes reconocer a los paisas, pero dudas con los de Bogotá y Barranquilla.

Descubres que en Miami, al parecer, la lengua oficial es el español. Esa mezcla calurosa de frases salpicadas de inglés y el spanglish que entonces se hace marca común. Lo distinguible es que cada latinoamericano se conecta a través del mismo sentir: patria y melancolía así lo diga en español, en inglés o en ese híbrido peculiar "mayamense". Se reconocen rasgos comunes de habla. Se comparten comidas similares (tamal, bollito, antojito), sin embargo, lo más significativo es la conexión desde las penurias sufridas como ciudadanos de países en conflicto.

Lo que nos une a los latinoamericanos en la ciudad del sol y las tormentas es haber vivido las mismas situaciones de pesar en cada uno de nuestros países: inseguridad fiscal, corrupción política, delincuencia desmedida, economías pésimas. Nos acercan las malas gestiones de nuestros gobiernos. Nuestras conversaciones inician con el viacrucis de las políticas locales y, por fortuna, concluyen con las comidas favoritas, las geografías de ensueño de cada lugar y el amor hacia la familia ausente.

El idioma nos conecta y nos distancia, sin embargo, la definición de tu ser latinoamericano se da por esa lengua que te permite expresar tus emociones como parte de la "pipol de Mayami".

junio 05, 2017

No hay rendición

Eres chavista, existes. Eres opositor, eres la nada. El gobierno de mi país ataca a los disidentes. Mata a los opositores, humilla a quienes osan contradecirlo. El gobierno dice, se desdice, nunca rectifica, se arma hasta los dientes. Nosotros, los que estamos a la orilla del Guaire, nos despojamos de miedo y con coraje resistimos, buscando remontar el odio proveniente del poder.

En las calles de mi país marchan a diario los que enfrentan el presente. Son luchadores contra la desidia gubernamental y la apatía ciudadana. Son civiles nacidos en democracia y criados bajo los preceptos de libertad y justicia. Ciudadanos que a pie consiguen avanzar contra gases, perdigones y balas. Venezolanos que ondean banderas y cantan su himno como alicientes ante la fuerza de las armas, de la irracionalidad.

El poder trafica, trata con maleantes y hasta habla con cuadrúpedos. Encierra voces que claman libertad, destruye sueños a mansalva. En realidad, el poder actúa como una jauría herida. Está rodeado de insatisfechos, es acusado de indignidad. Es una vil agrupación de incapaces, de insensatos que salivan por mantener sus cuentas verdes, crecidas como la mala hierba. 

Si eres inteligente eres sospechoso. Si gritas consignas y contradices argumentos, eres un terrorista. Sin embargo siguen y persisten en cada vereda, en cada avenida de mi país, los temerosos de un futuro tiránico. No se bajan los brazos, no hay rendición: Venezuela nació para ser libre.

febrero 10, 2017

Las tetas políticas

Enseñar las tetas. Usarlas como instrumento de denuncia.

Mostrar los pezones como símbolo de lucha... armada de estrógeno y rabia.
Gritar consignas que salen del pecho, asexuado, libertario, lesbiano, hetero. 
Lo que importa es sacar las tetas de la opresión del sostén, de las represiones de las convenciones sociales, de las regulaciones impuestas por el falogocentrismo. 

El recato no viene al caso. El asunto es la igualdad entre tetillas y pezones, o mejor aún, la supremacía de las mamas que deben imponerse en este mundo de radicalismos, extremismos y desacuerdos. Al final todos estamos luchando... Por el color de nuestra piel, por el valor de nuestra ascendencia, por nuestras creencias religiosas, por nuestras preferencias sexuales, por nuestra libertad de elegir, en fin, por quítame esta pajita del hombro.

Mostrar las tetas como derecho. Exhibirlas entre dedos acusadores de desvergüenza. Las tetas politizadas... La teta de la derecha, la teta izquierdista. Ese par de signos que promulgan respeto a la libertad de acción, como si andar con las tetas al aire fuese el mayor símbolo de libertad de pensamiento. 

¿Y las mujeres supervivientes del cáncer de mama? ¿Ellas no tienen un par de razones que exijan reivindicaciones sociales? ¿Y las planas, aquellas de pecho de niña? ¿Tampoco tienen herramientas para salir a la calle a arengar conciencias obsoletas? ¿Y esas mujeres mutiladas por el odio del cromosoma X con sus cicatrices en el pecho? ¿No tienen glándulas para denunciar?  

La propuesta pareciera ir por el camino de: No testifiques argumentos válidos para ejercer tus derechos civiles, tu igualdad de oportunidades, tetifica primero tu propuesta...

Las tetas políticas se yerguen o están en declive ante dictámenes, estatutos, señalamientos de una sociedad que subordina, minimiza y desprecia los vientos de cambio... 
Las tetas políticas son apenas capullos que se enredan entre los cercos de la cultura masculinista, incluso del entendimiento y sentido común. Están atrapadas entre fronteras espinosas, bastante alejadas de la empatía, la solidaridad y la tolerancia de millones de jueces bípedos de tres patas. 

Hay tanto por luchar que lo pertinente es mostrar, en primer lugar, la capacidad de nuestro intelecto, de nuestra mente magnífica que investiga, urde, propone, crea, gesta nuevas oportunidades para abrir conciencias... Abajo de nuestras cabezas seguirán moviéndose a ritmo los rasgos más significativos y hermosos de nuestra feminidad. ¡Arriba neuronas y turgencias!

noviembre 26, 2016

Saludo en spanglish

Las historias salen de esas bocas espontáneas, a ratos sorprendentes, otras veces con un toque de indecencia, siempre en tono de confesión.
Si hay algún testigo puede mantenerse mudo por unos instantes, pero de inmediato opina como si fuese de su incumbencia, hasta se atreve a aconsejar, a criticar, a señalar alguna falta. 
Esto es el día a día. Alguien viene y solo escucho. 

Debo, simplemente, mantener la atención. En ocasiones me distraigo en el lenguaje gestual, o en las gráciles maneras de mover las manos, o en algún contoneo sugerente que va a juego con la historia contada. A veces es un fraseo irregular y convulso lo que me hace afinar el oído atento y logro descifrar la larga narrativa que me relatan (a mí que no he pedido cuentos).

Me dicen mis amigos que me voy a topar con muchos “cuenteros”, que es parte de esa idiosincrasia, que son divertidos, que me voy a acostumbrar a sus palabras peculiares... Esa otredad de la lengua española.

No he dejado de preguntarme porqué ese rapto parlanchín de contar intimidades a una completa extraña. ¿Será porque la soledad pesa tanto que hay que despojarse de ese lastre contando? ¿Será que la vida es simplemente compartir y las truculencias, peripecias y desmanes son más interesantes si se relatan a desconocidos?

Me pregunto tantas cosas… y a mí que me gusta tanto estar en silencio -ya bastante tengo con el ruido en mi interior, sin embargo me encuentro escuchando esas historias únicas. 

La pipol de Mayami tiene mucho qué contarme y yo sigo tras el mostrador respondiendo el saludo también en spanglish... Sé que un nuevo cuento está en la punta de esa lengua.

noviembre 15, 2016

La Pipol de Mayami



La mayoría de la gente hispanoparlante adulta en Miami habla en inglés con acento, con fluidez, con la sintaxis aprendida y repetida mecánicamente. Esa misma gente hablante nativa del español, habla su idioma muy mal. Inventa, altera, destruye las categorías gramaticales y los verbos, una masacre lingüística para los puristas de la lengua. 

Esa pipol habla como piensa, en ese bilingüismo que anda en cuerda floja para hacerse entender en un espanglish que suponemos -muchas veces- flaco de lecturas. ¿Pero leerán acaso? Puede suponerse que no leen, o quizá, por aquello de la duda razonable, leen muy poco o tan solo el periódico dejado en un asiento del Tri Rail. Tal vez nunca tuvieron esa bonita y familiar costumbre de leer antes de acostarse o esperando en la sala del dentista o estando en el baño…

Los latinos en Miami, esta pipol de Mayami, no se detiene a corregirse si se ha expresado incorrectamente en su lengua madre. Siguen hilvanando frases saltando de un idioma a otro, apurados, como quien debe correr ante el autobús que parte de la estación. ¿Se dan cuenta acaso de su falta? ¿Se escuchan en esa mezcolanza caribe y gringa? El espanglish es una norma que se impone incluso en las cuñas comerciales radiales. Todos nos vemos influenciados por él, nos acerca a nuestros interlocutores, nos permite sentirnos parte de un proceso comunicativo real. En definitiva se produce una interacción aunque quien se exprese no demuestre mucha capacidad comunicativa.

Es invariable que estés conversando espontáneamente y fluya la charla entre seis palabras en inglés y tres en español. Largas frases con cambios de código constantes. “Iba manejando la troca y dije: fuck!, olvidé la loncha… So, no quería ir pa’atrás, you know, so me fui a 7-Eleven and bought a sandwich”.

¿Qué intereses tiene un sujeto que habiendo adquirido su lengua madre en una interacción social informal cuando niño, de adulto lleva a cabo el proceso de comunicación con deficiencia? ¿Qué motiva a un hablante a mejorar su desempeño comunicativo?

El buen decir de la lengua de Cervantes se cultiva leyendo. Estos hablantes del español tan absortos en lo anglosajón, se han olvidado de disfrutar nuestras graciosas erres, nuestras jugosas eñes. Olvidaron los primeros años de escuela, la gramática de Bello, los cuentos de las abuelas, los refranes populares. Dejaron olvidada en una maleta, la hermosura del fraseo fresco de nuestro idioma.

Cuando escuchas expresiones como: “¿quieres que te ‘vacunee’ la carpeta?”, caso clarísimo de transferencia léxica, solo puedes detenerte, dejar que en tu disco duro parpadee la lucecita verde, procesar ese infortunio y corregir, con algo de amabilidad: "¡Ah, te refieres a aspirarme la alfombra!" ¡Por Sor Juana en el claustro!

Y así como estos desastres, tanto el bilingüismo sustractivo como la atrición lingüística reducen la posibilidad de gozar de las palabras bellas de la lengua de Garcilaso, Machado, Paz, Sábato, Gallegos, Cadenas... 

Perder el dominio y la fluidez en la lengua madre es una preocupación de muchos, sobre todo de aquellos que vemos la hermosura del español como un legado para las próximas generaciones con sangre latina. Pueden algunos sentir que tienen mayor prestigio lingüístico al hablar un correcto inglés, intentando no vincularse con una minoría étnica que muchos señalan duramente. Nuestra identidad con la lengua venida de nuestra madre debe ser un signo de orgullo y deberíamos cultivarla cada día leyendo.

Respiro y sigo mi camino, con mis pasos van saliendo palabras acariciadas en voz baja: sahumerio, persignar, aurora, añorar...

octubre 30, 2016

Sigo



Sigo "Sin tacón". Sigo andando... Son nuevos terrenos, con muchas variantes, con distinciones que aparecen mientras camino, abruptas, irregulares, pero me gusta lo que experimento... 

Me gustan estos caminos diferentes. Me gusta ajustarme y apretar mis dedos, y apurar el paso y cambiarme los zapatos... por si llueve, por si tengo una reunión importante, por si me toca ir más rápido...

Ando y veo otro marrón en la tierra, es otro azul en el cielo. Son otros verdes. Es una arena distinta, es otro mar. Comparo y no viene al caso. Estoy hecha de mi tierra y sé que ella me traspasa. 

Dejé mis querencias físicamente, sin embargo tengo en cada latido, a cada paso, mi Ávila, mis cielos únicos, mi escándalo de guacamayas, el graznido mañanero de mi gavilán.

Te toca ahora escribir desde otra ciudad, me dicen mis amigas. Y sí, ya lo dijo bien Antonio Machado.

Mientras tanto tarareo aquel coro de Wilfrido Vargas y su "Hombre divertido": "¿Seguimos? ¡Sí! ¿Paramos? ¡No!"

agosto 09, 2016

Otro país debe reverdecer

Durante su adolescencia la calle donde vivía era un hervidero de delincuencia. La droga y la criminalidad eran vecinas de pared contigua. Los maleantes y vagos eran de cara conocida. Todos sabían sus nombres, en qué casa vivían, las fechorías que cometían a diario y quiénes eran sus madres. Estas hacían mercado junto a otras progenitoras de estirpe sana y juiciosa. Al final de la semana, todas se encontraban frente al mismo portugués del automercado de la esquina: todas ocupadas en darles de comer a sus vástagos de la manera más honesta posible.
Esas madres de delincuentes, no lo eran. Solo se hicieron expertas en engendrar. Sufrían de esa ignorancia de andarle pariendo a cada hombre que les asegurara un futuro. Esas mujeres se hacían cargo de los más pequeños, los mayores andaban por las calles primero como saltimbanquis, y luego como asaltantes de navaja y pistola vieja. Ellas, sus madres, vivían avergonzadas, trataban de ocultar el agravio de ser "la puta que los parió". 

Cada cierto tiempo surgía una especie de santo y seña silente, se daban miradas de soslayo, puro lenguaje corporal que ponía sobre aviso cuando en la cuadra despertaba otro delincuente de oficio. Era como un gran estreno... El escenario, la simple vereda. Allí los actores de relleno, los malandros viejos y los actores principales, de tics, escupitajo y actuar nervioso, desplegando sus nuevas artes... "Le cortaron la cara a fulano", "Zutanito le metió un pepazo a mengano". "Está 'encanao' el David".

En esa Caracas de los 80 había barriadas populares donde los malandros cuidaban a sus vecinos y jugaban ajiley con los tombos frente a la bodeguita bebiendo cerveza. Estaban los que se enmariguanaban, pero ayudaban con las bolsas de saco (yute) a las doñitas que subían largas escalinatas después de hacer sus compras en el mercado. Había muchachos descarriados, pero "buena gente en el fondo". 

Esa ciudad la vemos reflejada en la obra de MOS. Es la ciudad que recuerdo al leerle a mi hijo "Cuando quiero llorar, no lloro". Es el país que conozco era grande y boyante. Ese país donde lentamente se germinaba el odio...

A 36 años ya avanzados entre sentimientos contrarios, ya sabemos que la siembra no dio frutos buenos... Habrá que quemar la tierra... Hay que preparar el terreno de nuevo. Otro país debe reverdecer.


julio 07, 2016

Oramos por Venezuela, ¿verdad?


Bajo la falda de este cerro maravilloso y entrañable desde la distancia, hay una ciudad repleta de almas en pena. Escuchas historias en primera persona sufridora, ves cómo se conjuga la maldad bajo el verbo poder. Te aterran las experiencias que han vivido, jóvenes luchadores políticos. 
Nada parece aislado de esa atmósfera diabólica que rodea todo lo relativo al gobierno y sus secuaces.

Desde Petare hasta Pérez Bonalde, solo desolación. Largas filas de ciudadanos, descoloridos, pues ante la tristeza del hambre no hay afiliación política que valga tanto pesar. No hay franela que vista esa desazón. No hay consigna que esté al margen de vivir al filo de la desesperación.

Te enteras que una vecina debe ir a la pollera de la esquina porque no tiene nada qué comer en su casa. Sabes que en tu familia se racionan las porciones y se cuentan las provisiones con angustia. Oyes confesiones avergonzadas y tu vergüenza es mayor. La empatía, reconoces, solo puede hacerte llorar, y lo que se necesita es, simplemente, comida. Y piensas en esos cálculos que nunca habías hecho: ¿cuánto puede durar un kilo de arroz a una familia de 4? ¿Será más rendidora la pasta corta o la larga? ¿Se podrá usar ese vegetal que nunca antes habías comprado en un guiso?

Te angustia ponerte en el estómago de los otros: ¿Cómo detienes ese crujido de las tripas? ¿Cuánto eres capaz de pagar por un kilo de caraotas? ¿Qué eres capaz de hacer para obtener algo que puedas llevarte a la boca?

¿Cuándo acabará esto? 
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Lo que estamos viviendo los venezolanos es el resultado de una maldición. Una hecha desde una mente perversa, y aglutinada en mala hora por un conjunto de resentidos, inmorales, pobres de espíritu, olvidados de Dios. ¡Ah, pero la verdad y los buenos siempre vencen!, has oído en tu casa, o al menos, eso ha demostrado la historia... Quieres creerlo. 

Los venezolanos tenemos el orgullo de ser demócratas. Tenemos el coraje necesario para luchar por la democracia. Solamente eso me calma. Creer que ese espíritu libertario viene en los cromosomas de los paridos en esta tierra bella. El arraigo nos salvará, me digo, de seguro, así será. Quiero creerlo.

Mientras, acudo a esos versos de "Vuelta a la patria":
Caracas, allí está; vedla tendida
a las faldas del Ávila empinado,
odalisca rendida
a los pies del sultán enamorado.
Hay fiesta en el espacio y la campiña,
fiesta de paz y amores:
acarician los vientos la montaña;
del bosque los alados trovadores
su dulce canturía
dejan oír en la alameda umbría;
los menudos insectos en las flores
a los dorados pistilos se abrazan;
besa el aura amorosa al manso Guaire,
y con los rayos de la luz se enlazan
los impalpables átomos del aire.

¿Volverá la democracia, la paz, la conciliación, a mi querida Venezuela? Oramos por eso, ¿verdad?

junio 10, 2016

#Venezuelalibre

Andar por las calles atiborradas. Sentir que las pesadillas son a plena luz del día y los demonios sí existen. Experimentar el miedo, tener acelerado el corazón sin posibilidad de dormir para soñar que vuelas, o saltas o estás a salvo.

Venezuela está cansada. No es Caracas la sufrida, no. Hace años que la involución se ha venido comiendo al país. Se sufre en todos los estados, en todas las condiciones. 

Tenemos una nación desvencijada. Es un hoyo teñido de rojo. Es un sumidero de penas que va arrastrando a todos por igual. Eso ha sido el logro de la revolución chavista: llenar de pesar a todo un pueblo.

En Venezuela  no se distinguen las penurias. Todos pasan trabajo, mal comen, viven de las sobras del día, así, desanimados... Sin embargo, persisten los gritos, las consignas, las manifestaciones. Insistimos en denunciar, señalar, acusar. 

Somos fuertes. Lo sabemos y por eso cada quien lucha, a su manera, desde su posibilidad, pero con toda la fuerza bajo la misma trinchera: la libertad del país. De verdad somos fuertes, y eso no vamos a olvidarlo. Nos merecemos un país alegre, con bienestar y próspero para todos.

Sí, hay que decirlo, hacerlo sentir: los venezolanos somos fuertes y resistimos para luchar con mayor ahínco.

#Venezuelalibre

junio 04, 2016

Hablo de mi país

Hablo de mi país y solo uso verbos en pretérito. Los adjetivos sirven para calificar las bellezas que nos regaló Papá Dios y en cuanto a los adverbios, saltan más los que se relacionan con estados de ánimo o condiciones, como tristemente, vilmente…
Hablo de mi país como quien recuerda a un amor viejo, a ese primer amor que marcó el descubrimiento de aquello que se desea sentir siempre. 
Hablo de mi país desde la felicidad. No tengo otra manera. 
Ningún gobierno es capaz de anular el gozo de ser venezolano.
Hablo de mi país, siempre.

abril 09, 2016

Del toero al bachaquero: viveza recargada

Nací en una ciudad donde la todología era un oficio insigne. Más de un padre de familia levantó a los suyos a costa de saber un poco de todo. Aplicarse en plomería, electricidad, herrería y cuanta necesidad tuviera cualquier ama de casa.

El todólogo hacía lo que sabía, intuía o había visto hacer. Lo repetía con tecnicismo en muchas ocasiones, lo demostraba -no sin un poco de vergüenza, con la segunda llamada para arreglar el entuerto primero. Esto podría parecer un señalamiento, pero no, ya lo dije, muchos hombres responsables llevaban el pan a la casa haciendo de todo un poco, y eso siempre fue respetable.

Claro, el nombre común era "toero", así, recortado como la sapiencia en los haceres múltiples, a veces escaso, a veces, con poca pericia. Este todólogo, ese toero, ese "tírame algo", "¡yo mismo soy, yo resuelvo!" era un trabajador de pararse temprano, buscar la brega donde fuera hasta llegar a su casa a poner los pies bajo la mesa y a subirlos luego en la mesita frente al televisor.

Ese tipo de hombre era el que le echaba pichón a la vida. Era parte de ese pueblo de hombres afanados que se empeñaban en hacer unos realitos para sacar el domingo a la mujer a la playa con los muchachos. Había un rasgo de nobleza en este hombre de pueblo.

Ahora ese todólogo ha variado a un simple opinador. Es parte de una especie de profesional en el ejercicio de expresarse sobre lo que acontece alrededor. No importa si es economía de mercado, política exterior, el problema climático mundial, el matrimonio igualitario. Ese hombre dice, comenta, refuta, argumenta, señala con o sin fundamentos, con información fidedigna o como parte de un adoctrinamiento, de una pseudo-ideología. ¿Trabaja? Pues, puede darse el caso... Esforzarse, ganarse el pan, eso es otra historia.

Muchos hombres venezolanos en edad productiva hoy son parte de ese fenómeno llamado bachaquerismo, ese efecto económico nefasto de hacer largas colas para revender un producto al 2000 por ciento. Eso, definitivamente, debe resultarles más satisfactorio, aunque sigan yendo del timbo al tambo, pero no buscando qué hacer, sino siguiendo instrucciones de una voz en su celular o de un mensaje de texto que les avisa dónde están descargando tal o cual mercancía. 

Eso de ser toero del siglo XXI está funcionando como el nuevo oficio del hombre nuevo, revolucionario, bolivariano y chavista, en muchos casos. No necesita preparación alguna, no hay nivel educativo exigido, no importa la experiencia. Solo es necesario tener criterio mercantilista, mala fe, un toque de vandalismo y dejar fluir esa semilla funesta del vivaracho criollo.





marzo 16, 2016

Darse un respiro en La Estancia


Darse un respiro. 
Cuando se vive en condiciones como las de los venezolanos hoy, ese deseo de conectarse con la paz y la armonía se hace urgencia. Necesitamos salir a flote, dar una gran bocanada de aire y sentir que, al menos por un momento, podemos respirar gratamente... Así nos arrastre luego con sus desatinos esa siniestra inmundicia que es el gobierno actual.

Sentir un privilegio.
Disfrutar de un espacio bien mantenido, repleto de verdes, de flores silvestres y de tranquilidad, nosotros que vivimos sumergidos en malas noticias, que olas de pesar nos golpean a diario, es casi un milagro. Este oasis en plena avenida Francisco de Miranda, este espacio inaugurado en La Floresta hace más de 25 años, hoy permanece bonito, abierto al público de martes a domingo y acondicionado para que dejemos la angustia fuera de sus muros.

Hay exposiciones de arte, hay venta de productos artesanales, textiles y de orfebrería, se realizan conciertos, claro, hay también mucha propaganda política, pero, afortunadamente, la naturaleza tiene más poder y la conexión con la tierra y los árboles magníficos de La Estancia, son mayores que la desgastada paja del lenguaje gubernamental.

Los únicos pasos a seguir son buscar el espacio preferido, descalzarse, recostarse de un tronco altísimo y disfrutar o bien del silencio alrededor o bien de un libro como compañía. Quizá solo altere esa quietud un grupo de guacamayos conversando al pasar o tal vez el graznido sorpresivo de un gavilán buscando presa. 

Lo significativo es que en esta ciudad agobiante, en este estrés continuo, pasar un día ese portón y entrar en ese verde, amplio y relajante espacio de regocijo natural lo agradece el alma.


febrero 28, 2016

"Que hagan cola estos escuálidos, que se jodan también".

El vigilante del automercado sonríe. Tristemente soy testigo de sus palabras: "Que hagan cola estos escuálidos, que se jodan también".

Ese individuo que he venido viendo desde hace, al menos cuatro años, hoy habla desde el odio. 
Los vecinos, clientes fieles de ese automercado de las compras diarias, ese del cual tenemos tarjeta, del que nos sabemos los nombres de las supervisoras, debemos luchar contra la neo-especie que surgió para darnos una bofetada, otra más, producto de la realidad del país que algunos no querían ver.
Debemos soportar largas colas junto a mal hablados, gritones de oficio, gente resentida que siente que debe tomar todos los espacios, que se alían para comprar varios de los productos que expenden, superando la cantidad regulada.

Estos compatriotas, asumen actitudes retadoras, ofensivas -la mayoría de las veces- en respuesta a reclamos venidos del sentido común: "oye, te estás coleando, oye, ya metiste a dos amigas en la fila, oye, deja el escándalo..." 

Ese pueblo hambriento, pero también desdeñoso, de mal vivir, corrupto, ha congestionado no solo el lugar de compras, sino ha colapsado una bella plaza, ha tomado los asientos que usualmente usaban las personas mayores para su esparcimiento bajo los frondosos árboles. Se sientan en el borde de las aceras, comen en el piso, llenan de basura el lugar, muestran su peor cara, quizá la del hastío, la que llevamos todos, la verdad, pero en ellos, se solapa en esa manera de arrojar desperdicios sin vergüenza alguna, en esa demostración de ánimo destemplado bajo el sol quemante. Alargan una fila que serpentea las veredas ante la inminencia de "a ver qué es lo que sacan hoy". Una escena diaria que altera un espacio hecho para el disfrute de todos.

Lamentablemente no siempre se ven caras largas. Puede notarse, incluso, un ambiente de guachafita, risas burlonas, llamados a gritos de un extremo a otro, esa costumbre, supongo común y corriente, "de pasar trabajo y calársela relaja'o", como me dijo una muchacha muy risueña.

En ese conjunto variopinto de personas la mayoría son mujeres. Las mayores llevan envases de agua y de comida. Van acompañadas de algunas embarazadas, otras con bebés en brazos. También hay niños en el grupo que andan de salto en salto pasando las horas fuera de la escuela, alejados del sistema educativo. Su infancia estará marcada por experiencias de desconcierto, desabastecimiento e incertidumbre. Cómo podrán hacerse un futuro próspero, me pregunto mientras los veo reclamar porque quieren meterse como los niños de la zona bajo los chorritos de la plaza.

Para entorpecer aún más la situación caótica hay un ir y venir de motos con gente que llega, contacta a alguien de la fila y ocupa un lugar que se hincha como las pústulas. Al cabo de un rato ya no reconoces al que estaba delante de ti porque son varios que se "guardaban el puesto". Y no, no hay reclamo posible. Las peleas entre esos, mal llamados bachaqueros, es un asunto muy desagradable, del cual nunca querrías tener partido. Lo mejor es callarse, ya suficiente te aguantas para obtener algo que solo conseguirás ese día ajustado a tu terminal de cédula.

Ese automercado y la plaza en frente quedan apenas a unas calles de donde vivo, parece un hervidero día y tarde, noche y fines de semana. No hay manera de sentirse a gusto. No hay forma de tener aquello que disfrutábamos en la simpleza de ir a hacer unas compritas. No. Todo es bullicio, sorna en los comentarios, una especie de revanchismo estéril de personas que vienen desde lejos para hacerse de productos que sienten que les pertenecen a ellos, los dignificados por un gobierno inepto.

En mi urbanización, la cotidianidad ya es otra. La anarquía llegó para crecer, cada vez más.

febrero 11, 2016

¿Dónde están las buenas noticias?

La ciudad y sus buenas historias. De esto "iba" mi blog. Se trataba de recorrer Caracas para dar con la gente maravillosa que generaba valor, que tenía esperanza, que vivía en la "capital del cielo". Conversar, en esa espontaneidad del venezolano de a pie, con vecinos, viandantes, vendedores de kiosco en esquina, gente sencilla que quisiera compartir cómo vivía su Caracas.

Ha pasado el tiempo y sigo andando... Sin embargo, no hay complacencia en lo que veo, mucho menos en lo que escucho. Desvencijas las plazas, derruida la esperanza. Preguntas que suenan a interrogatorio. Miradas dudosas. El desconcierto vive de un lado a otro, tras largas filas, en procesión para conseguir medicinas, alimentos.

Las buenas noticias se fueron con el último apagón.

Hoy me queda mirar al cielo, esa luz hermosa de mi ciudad donde los cables no dan electricidad y la tierra se cansa de esperar la lluvia.




febrero 01, 2016

Nos quitaron el futuro (o el recuerdo como vieja película)

Hubo un tiempo donde el encuentro con amigos era una simpleza. Nadie pensaba en problemas. El asunto era coordinar el sitio, ocuparse que las cajas de cerveza alcanzaran, que las botellas de ron no faltaran o que el whisky fluyera porque la cosa estaba buena... Aquello de "algo para picar" terminaba siendo una bacanal de tequeños, bolitas de carne, de queso, tostones en rueditas con ajo, unas empanaditas... Lo que surgiera de la mente creativa de la dueña de casa, abuela o matrona que se respetara. Además, infaltable, la música, necesaria para acompañar las risas y quedarse hasta el amanecer porque cuentos, chistes y gozo resultaban siempre poco junto a la familia.

Se vivía feliz. El anfitrión te invitaba a su casita, quizá a su apartamentico, todo así, dicho en diminutivo cariñoso. Salían espontáneas, risueñas las frases populares de "pobre pero honrado", "donde come uno comen dos", y cualquiera alusiva a eso de disfrutar con otros, compartir.

Hubo una vez cuando la solidaridad se desprendía de cosas nuevas y arropaba al desvalido. Dar a otros era un rasgo común y la tolerancia encontraba sonrisas en forma de arepa junto a la posición desmejorada en el round robin entre leones o navegantes. Las diferencias notables se esgrimían entre los fanáticos de las hallacas con huevo, las caraotas con azúcar, el picante con leche.

Hubo una época donde se gastaba una puya, rial y medio, un marrón. Se conseguían dos kilos de leche en polvo en una lata, jugos de medio litro, cuarticos de leche. Se compraba en Sears, las tiendas Vam o en la OCP. Se pagaba con el Tinoquito, la tabla, la luca, la orquídea. Si deseabas comprar por cantidades mayores y baratas estaba Mersifrica o Corpomercadeo. Se entregaba puntual y diariamente "el vaso de leche escolar"; las trabajadoras sociales recorrían las barriadas y entregaban a las jóvenes pastillas anticonceptivas y daban charlas a las madres sobre lactancia materna. La política estaba en su sitio.

La Venezuela donde crecimos los nacidos en democracia es solo película de celuloide que suena mal y está descolorida. Todo se convirtió en fea imagen, en desvencijado artilugio.

Caminar por las esquinas emblemáticas de la ciudad capital: San Jacinto, La Marrón, Veroes, Padre Sierra es solo proyección de un viejo recuerdo que no existe, es intangible.

Ahora las amistades se mantienen a distancia. Agradecemos Facebook, nos hacemos adictos al WhatsApp y nos prometemos una decena de veces que "hay que verse, tenemos que reunirnos..."

Las invitaciones a fiestas están limitadas a números impares. Cada quien contribuye con algo, lo que pueda. En la reunión se ponen al día de las ausencias, la inseguridad, el desconcierto. Se ofrecen números telefónicos de personajes infaustos, los bachaqueros. Y no falta alguien que hará el chiste de rigor. Se reirá la mayoría para no aguar el encuentro. Pero no es lo mismo. Son las nueve de la noche y ya algunos están preocupados por el avance de la hora.

De golpe, porrazo y engaño nos quitaron el futuro. El presente viaja al pasado en mula.